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Thursday, April 15, 2010

El Chávez de Ecuador

Por Mary Anastasia O'Grady

El gobierno de Barack Obama continuó la semana pasada su ofensiva de encanto dirigida a los gobiernos autoritarios de América Latina con el envío del subsecretario del Departamento de Estado para asuntos del hemisferio occidental, Arturo Valenzuela, a Ecuador para que se reuniera con el presidente Rafael Correa.

¿Por qué prestarle atención a una visita de un diplomático de rango intermedio a una república bananera? Porque si quiere saber lo que Honduras eludió el año pasado al negarse a doblegarse ante Estados Unidos, mire hacia Ecuador. Es más, la visita de Valenzuela demuestra lo poco que EE.UU. está dispuesto o puede hacer por la gente que sucumbe a la tiranía de la izquierda.

Luego de asumir la presidencia en 2007, Correa decidió que su popularidad lo colocaba por encima del Congreso y la ley. Una sólida mayoría de ecuatorianos quería una nueva constitución. Correa, no obstante, decretó que la Asamblea Constituyente, que redactaría el nuevo documento, también debería tener amplios poderes, incluyendo la autoridad para disolver el Congreso. Eso desencadenó una crisis constitucional que fue resuelta a favor de Correa cuando hizo uso del poder del Estado y sus partidarios recurrieron a la violencia. Si las fuerzas armadas ecuatorianas hubieran respondido con el coraje y el patriotismo que mostraron sus pares hondureños, hoy en día el país aún podría tener buenas posibilidades de una democracia.

Ahora que Correa ha consolidado su poder, está empleando intimidación estatal para destruir a sus oponentes. La prensa está bajo constante amenaza, los detractores están siendo empujados al exilio, la economía se encuentra en ruinas y ha trascendido que la guerrilla colombiana de las Farc considera al gobierno de Correa como un aliado. El país también mantiene relaciones amistosas con Irán.

Mire cómo la situación llegó a este punto. Cuando el Congreso ecuatoriano le indicó a Correa que no le otorgaría a la Asamblea Constituyente los poderes que buscaba, la corte electoral, que él controla, destituyó a los legisladores de la oposición, quienes fueron reemplazados con miembros más sumisos.

La Corte Constitucional intervino y falló que los congresistas desbancados debían ser restituidos. En respuesta, según Gabriela Calderón de Burgos, una columnista del diario 'El Universo', de Guayaquil, "Correa fue a la radio y la televisión para decir que, a pesar de la decisión de la Corte, los congresistas despedidos no regresarían".

En una entrevista telefónica la semana pasada, Calderón de Burgos agregó: "El mismo día, fuerzas policiales bajo la autoridad del gobierno y con el deber de proteger a la Corte no actuaron y fueron fácilmente superadas en número por una turba furiosa que se abrió paso. Ex miembros de la Corte sostienen que tienen pruebas que muestran que la policía dejó entrar a la multitud. Esto nunca fue investigado. Algunos de los individuos, que fueron miembros de la Asamblea Constituyente y ahora están en el Congreso, participaron en esta violenta toma de la Corte. Vimos en la televisión a miembros de la Corte salir corriendo del edificio mientras personas en la calle les tiraban cosas".

Usando estos métodos, no le tomó mucho tiempo a Correa destruir el equilibrio de poderes institucionales que se interponía en su camino a convertirse en el Juan Domingo Perón de Ecuador.

Los medios han sido un problema más difícil. En junio del año pasado, cuando informé sobre documentos inéditos de las Farc obtenidos por Colombia en una redada en una base rebelde, que indicaban complicidad entre el grupo guerrillero y miembros del gobierno de Correa, éste saltó de la ira. En un viaje a Nueva York al mes siguiente amenazó con "demandar" a The Wall Street Journal por mi columna. "Estamos hartos de sus mentiras", señaló. Días después, apareció un video que mostraba al líder de las Farc, el Mono Jojoy, hablándoles a sus soldados sobre cómo los rebeldes habían apoyado la campaña de Correa. La demanda judicial aún no se ha materializado.

En la actualidad, Correa les está haciendo la vida imposible a los periodistas ecuatorianos. Desde que llegó al poder, su gobierno ha tomado el control de cuatro canales de televisión y ha creado uno propio. Correa utiliza su púlpito de intimidación con regularidad para insultar a periodistas y atacar la personalidad de sus oponentes. Además, le gusta entablar demandas.

Cuando se juntó una multitud fuera de las oficinas de El Universo el pasado agosto para intimidar a los empleados porque en un artículo publicado por el diario, Emilio Palacio, un columnista de centro-izquierda del periódico, denunciaba a un subordinado de Correa. El presidente apareció en la televisión para decir que Palacio debería ser demandado. El columnista fue luego acusado de calumnia bajo el código penal y sentenciado a tres años de prisión.

Durante la reunión del martes ante las cámaras de televisión, Valenzuela expresó su preocupación acerca de las ambiciones nucleares de Irán y su relación en ciernes con Ecuador. Según Reuters, Correa le dijo: "No queremos meternos en esa discusión. Pero, ¿qué tiene que ver eso con vender banano a Irán, qué tiene que ver eso con que Irán quiera financiarnos ciertas hidroeléctricas?" Traducción: Mahmoud Ahmadinejad es mi amigo. Usted no se meta.

¿La respuesta de EE.UU.? Valenzuela no descarta una reunión entre Correa y Obama. Si sucede eso, prepárese para la segunda parte del abrazo entre Obama y Hugo Chávez en Puerto España, Trinidad y Tobago, en abril de 2009: más humillación para los estadounidenses que solían pensar en su gobierno como un noble defensor de la libertad en contra de déspotas.

Wednesday, August 27, 2008

Hacia la ‘riefenstahlización’ de la cultura

Por Alfonso Reece D.

¿Qué tal esa palabra que inventé? Lástima que se me haya ocurrido después de que terminaron sus labores los asambleístos y asambleístas. Si la hubiesen usado no habría sido una novelería más, porque, como vamos a ver, habrían encontrado un nombre apropiado para lo que tratan de hacer.

Este útil término proviene del nombre de Leni Riefenstahl. Era una artista alemana, actriz, bailarina y fotógrafa, que sobre todo destacó como cineasta, como realizadora de documentales. Poseedora de gran belleza física e innegable talento, no dudó en usar estos dones para construir su carrera. El problema es que su obra, la parte realmente importante de ella, era una apología del régimen nacionalsocialista.

El artista no aspira a la riqueza y ni siquiera a la fama, lo que aspira es a su obra. Es decir a realizar esas ideas que pugnan dentro de su espíritu. Y generalmente es por allí por donde pecan: por la concreción de su obra son capaces de todo. Para algunos ese “todo” es venderse a cualquier régimen, sin importarles que el hecho de que al recibir ese apoyo convalidan todo lo que hagan tales gobiernos. Lo grave es que, normalmente, los mandamases no les dan gratis los recursos que requieren para sus propósitos, sino que exigen sumisión y loa.

He escuchado el disparate de que “todo gran arte es estatal”. Tremenda falsedad, dígase si alguno de estos movimientos artísticos eran estatales: el impresionismo, la Nouvelle Vague, el Bauhaus, el Grupo de Guayaquil… dígase si debieron algo a los estados: Van Gogh, Ives, Lloyd Wright, Visconti, Borges… Los gobiernos y peor los autócratas no financian el mejor arte, sino el que los alaba, el que no los contradice. El Kaiser dijo: “El arte que quebranta las leyes y los límites fijados por mí deja de ser arte”. Por eso el arte estatal siempre es mediocre, aburrido, predecible, incluso cuando tiene a su servicio un talento como el de Leni Riefenstahl.

¿Debe el Estado fomentar las artes? Nuestra respuesta es “puede”, siempre que al hacerlo saque por completo las manos de la actividad artística misma. La solución que don Benjamín Carrión ideó al crear la Casa de la Cultura era interesante: se trataba de destinar una fracción de los recursos estatales a una entidad relativamente autónoma, para que sea esta y no el Gobierno la que se encargue de la promoción cultural. El modelo merecía afinarse, siempre por el lado de una creciente autonomía y descentralización, pero es válido.

El proyecto de nueva Constitución crea un “sistema nacional de cultura”, que significa el fin de toda autonomía en la gestión cultural. Los artistas desafectos al Gobierno, los que tengan algo de pelucones, los que lean a Solzhenitsyn, los aniñados, las bestias salvajes, es decir, todos los que no se hayan riefenstahlizado, pueden olvidarse del apoyo estatal. Me pregunto si en el mundo de la cultura hay conciencia de esto. ¿O están conformes en cambiar la libertad de creación por financiamiento?

Publicado originalmente en El Universo